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Soy yogui gelatina

Paris, 30 de marzo de 2016



Son las 6 de la mañana y después de meses de silencio y movimiento emocional y material, escribo. Pienso en mi primer día de formación para ser profesora de yoga el pasado mes de octubre en Barcelona, cuando uno de los maestros dijo simplemente que "no era nada" cuando nos explicaban las diferentes corrientes del yoga y sus técnicas. Hoy le doy gracias después de varias noches sin dormir bien, por abrir esa ventana de posibilidad en mi corazón para aceptarme tal y como soy. 

Llevo meses de lucha conmigo misma, con las limitaciones de mi cuerpo al hacer ciertas posturas, con mis periodos de cansancio extremo; decenas de días de pelea con la comida porque quería mucho ser vegetariana por salud y convicción política. Harta de los medicamentos cuando olvidé llevarlos conmigo en un viaje y viví el estrés de 3 días sin mi dosis.

Me enojé con Dios en ciertos días que creí era él quien andaba de vacaciones. Luego sentí su amor en las charlas y discusiones con mi pareja, mis amigas y mi familia. He llorado mares frente a mis barreras, enfrentando mis demonios que vuelven en las noches de insomnio a llenarme de culpa por tener genes defectuosos, manos temblorosas, irritabilidad, miedo...

"Puedo no ser nada", me digo. Para serlo todo a la vez: una yogui wilsoniana (mi enfermedad se llama Wilson) que va creando en plena conciencia su dieta adaptada, que no puede hacer regímenes extensos de desintoxicación porque necesita de las vitaminas y proteínas de la carne animal y los lácteos para que sus músculos y su hígado resistan los estragos de esta enfermedad, que no puede comer harinas integrales dichas tan saludables, porque su metabolismo no procesa el cobre que contienen. Que prefiere vestir de colores antes que quedarse en el pálido blanco de la uniformidad, que celebra la vida en el intercambio terrenal del baile, la comida, la cultura y la conversación.

Me reafirmo al comprender que no todo está escrito ni dicho. Recordando que he dibujado mi camino con la técnica y colores que he tenido a mi alcance. Y sí, sin importar cuan extraño, accidentado y confuso ha sido el recorrido, es valioso, solo porque es mío. 

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